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Subjetividad Virtual Y Cambio Social En El Tercer Milenio

virtaulcambio¿Qué pasaría si hoy reeditáramos el cuento de Caperucita Roja en esta nueva Era presente dominada por las redes sociales como Facebook o Twiter, inserta a su vez en los actuales procesos de comunicación de masas?. ¿Cuál sería la diferencia radical con el cuento original?. Podríamos agregarle algún que otro pequeño pero relevante detalle, como el de suponer que el lobo antes de comerse a la abuela (o en otro caso después de hacerlo), publicara en su muro algo parecido a esto: “Estoy por comerme a la abuelita de Caperucita”. Seguramente muchos “Me Gusta” y/o algún que otro comentario. Quizás alguien lo comparta o hasta se cree un evento invitando a ver la divertida y trágica situación de aquél relato infantil. Este minucioso cambio, que de por sí expresa una revolución de paradigma, muestra la constelación de fuerzas en juego y una concreción puntual del actual proceso de transformación que se está efectuando en nuestras vidas y del cual realizan un gran aporte estratégico los llamados medios de comunicación de masas o masivos. Aquí entra en escena la subjetividad humana, esa experiencia socializada que nos constituye y forma nuestra mirada o espejo de la realidad. La misma hoy se ha convertido en subjetividad virtual por el hecho de estar condicionada en gran parte por mecanismos “no reales” de interconexión humana, como son los diversos medios tecnológicos con los que nos comunicamos a diario. ¿Cuál es la importancia social, cognitiva y política de este cambio, de esta nueva mirada a través del lente óptico de la tecnología?. Pues bueno, como ya hemos advertido, ha ocurrido una mutación de subjetividad, de nuestra manera de pensar, de llevar a cabo las acciones individuales y colectivas, de nuestra forma de ser. La necesidad individual de que nuestro ámbito privado se torne público y el pensamiento lógico -tecnológico, ya han hecho pié en esta ya subjetivada Sociedad de la Información, por otra parte paradójicamente muchas veces desinformada. La nueva generación naciente del siglo XXI trae ya incorporados dentro de sí, mecanismos de acción y modelos de pensamiento afines al nuevo sistema computacional y mediático que estamos vivenciando por doquier. Hoy un niño de 3, 4 o 5 años ya sabe (al menos su base) cómo usar una computadora e incluso ya manejar y ser propietario de un celular telefónico. Este detalle “común” de la vida cotidiana es de fundamental importancia a la hora de prever cualquier cambio social. ¿Porqué?. Porque advertimos una sutil pero profunda modificación de la lógica comunicacional. Y como toda comunicación es por esencia social, ha de repercutir en la forma y los modos de participación política, de movilización civil y de debates por una reforma económica estructural. En primer término ,debemos manifestar que esta nueva lógica comunicacional se evidencia en el cambio más o menos reciente (hablamos de hace pocas décadas y años desde la aparición de internet) de algunos principios básicos que desde la teoría de la comunicación han existido como piedra fundamental pero que hoy sufren una vuelta de tuerca. Primeramente, se efectúa quizás el más importante factor transformado: lo que antes era solamente un canal de transmisión de mensaje entre el emisor y el receptor, hoy pasa a convertirse en un interlocutor más, es decir, el medio por el que nos comunicamos deja de ser solo medio para adquirir la propiedad de fin, para convertirse en un usuario más. Hoy para muchos es más importante tener un celular o Facebook que la persona o personas mismas con las cuales ha de comunicarse. Por tanto, el medio pasa a ser un sujeto más, e incluso, adquiere predominancia por sobre el interlocutor del mensaje. ¿Cómo repercute esto a nivel político?. pues bien, que el medio adquiera más tinte que el receptor y el emisor, explica que la gente (la llamada sociedad civil en la teoría) se sienta más representada por ese medio, entiéndase Facebook, un programa de TV o un determinado diario (y su línea ideológica, por supuesto). Por tanto, la ciudadanía llega a verse subjetiva y sentimentalmente representada por el medio que en teoría debiera comunicar gobierno y pueblo antes que por el representante mismo que eligió para representarle. Podemos hablar así de una Representación Mediática. Es que la política de por sí se ha tornado mediática, pues las confrontaciones entre funcionarios públicos y candidatos o bloques partidarios parecen hoy más un show televisivo que un verdadero espacio de debate democrático, debido a que la misma TV se ha convertido en un simple show. La noticia que no llega a ser espectáculo no es noticia.

Ahora bien, en consonancia con este primer y fundamental cambio, podemos mencionar un segundo, referido a la instantaneidad de la comunicación actual. Que el intervalo entre los mensajes (por celular, Facebook u otro medio) sea de segundos o milésimas de segundos, reconfigura toda nuestra forma de interpretación de la realidad y nuestra capacidad cognitiva de procesar la información inherente y por tanto el mundo social en el que estamos insertos. Situémonos a modo de ejemplo en siglos anteriores (sin irnos demasiado atrás) donde el medio de comunicación más común quizás haya sido la carta. Una persona enviaba una carta a un familiar o cualquier interlocutor lejano, y era muy probable que recibiera respuesta en días sino semanas o hasta meses. Supongamos que esa carta traía en sí el planteamiento de un problema que requiriera solución, no importa de qué naturaleza. La cuestión es que en todo el intervalo que aquel emisor envió la carta y recibió respuesta  a la misma, la persona puede haber cambiado sustancialmente su perspectiva del problema, haber razonado otra idea diferente, haber entendido ciertas causas y consecuencias antes no descubiertas, en fin, pueden haber sucedido un centenar de hechos que hiciesen que la situación inicial se modificara por completo o de raíz. Por el contrario, en la actualidad, la instantaneidad del mensaje hace que no exista casi tiempo de modificar o reconstruir la situación tratada; nuestra capacidad de procesar información disminuye porque debemos responder al envío, -al estímulo dirían algunos-, en tiempos de pequeña fracción. Y eso produce una gran paradoja: gozamos de información infinita y esparcida por todas partes, pero sufrimos menos duración de procesarla, y por tanto, nuestra capacidad de memoria e interpretación de la vida cotidiana y de los sucesos que acontecen en ella, se ve limitada. Esto hace que ante cualquier evento o noticia de carácter público-político o social, tomemos una postura muy poco crítica (a menos que estemos en un mundo académico o de vida “interesada por lo social y político”) pues “no tenemos” el tiempo de procesar e interpretar con la durabilidad adecuada lo correcto o incorrecto del hecho que se nos da como verídico e indiscutible en la prensa, sea del tipo que sea. No es en sí el problema no tener tiempo, pues esto muchas veces no es cierto, sino mas bien la esencia radica en que subjetivamente nos manejamos en la vida cotidiana con interpretaciones y sentimientos afines de una velocidad antes inexistente. Estar sentados en una clase o trabajando mientras esperamos un SMS de suma importancia, nos crea nuevas sensaciones que han venido instaladas como efecto colateral en las nuevas tecnologías. El estrés de la espera de un mensaje amoroso, de una noticia sobre un familiar, la sensación vacía del mensaje nunca llegado, etc., son emociones inéditas que por tanto influyen en nuestra mente y en la manera de interpretar nuestra vida y sus acontecimientos exteriores. A nivel social, vamos perdiendo capacidad crítica en el instante en que estamos siendo bañados por información y noticias ya interpretadas, ya seleccionadas, ya procesadas por otros. Delegamos una función humana tan importante como es la actitud raciocinia a personas que se dedican como mercado laboral a realizar ese trabajo de selección y edición que compramos con nuestros ojos y pagamos con el bolsillo. Los medios de comunicación articulan o desarticulan las demandas de la gente e interpretan la realidad socio-política y económica con el fin de que su interpretación se convierta en propiedad socializada de la opinión pública. No nos dicen puntualmente cómo pensar, pero nos dan los tópicos o los temas sobre los cuales hablar, el qué, la materia: pensamos desde la información que nos brindan. Y no solo eso, tal información la ordenamos de acuerdo a estrategias que indirectamente tales medios nos inyectan sin darnos cuenta. La estructura de cómo se presenta una noticia al oyente es una forma estratégica de ordenar nuestro pensamiento para obtener conclusiones compatibles con las expectativas de los grupos que quieren que esa noticia nos llegue de determinada manera. Es solo cuestión de observar cuáles son las críticas que suelen efectuarse a un gobierno o sus aciertos, y ver que no son más que las mismas frases o temas utilizados por los medios de comunicación y repetidos por los televidentes por ejemplo. Comúnmente no llegamos a advertir que detrás de la aparente neutralidad y objetividad de la prensa se esconde una maraña de ideologías nunca expresadas explícitamente. Que una misma noticia en dos versiones utilice palabras diferentes para la misma situación, como manifestación o disturbio, guerrillero o terrorista,  explotador o capitalista, inmigrante o indocumentado, no es por inocencia. Esto es muy peligroso para una sociedad que se verse de democrática al menos formalmente. ¿Hasta qué punto tenemos libertad de prensa y de expresión cuando lo que consumimos mediáticamente es algo ya consumido (elaborado)?. Se nos hace creer que democracia es debatir los temas de la agenda pública, pero lo democrático en verdad está en quién o quiénes determinan qué se incluye o excluye en esa agenda. Terminamos peleando por un mundo mejor de acuerdo al esquema establecido por los medios (y grupos afines) sobre lo que es o debiera ser un mundo mejor. Y como por lo general esos medios y agencias privadas responden a intereses sectoriales y económico-corporativos, terminamos por luchar por un “mundo diferente” que no es más que el mismo de siempre, el de dominados y dominadores. De ahí la importancia de entender la lógica comunicacional y sus recambios actuales.

La política se vuelve inmediata, la gente exige cambios instantáneos y la democracia termina por estar a contratiempo de las demandas populares, se auto-aniquila debido en parte a una falta de ampliación de la misma hacia lo que debiese ser una democracia económica y social, y no meramente formal o electoralista, que por otra parte, sustenta una estructura económica no democrática donde la concentración de riqueza y poder borra cualquier intento de igualdad y justicia o cualquier vestigio de dignidad. El pueblo querrá un cambio de gobernante cada dos o tres años, cada dos o tres meses, cada dos o tres semanas, cada dos o tres días. Es un poco exagerada esta aseveración, pero es a los fines de explicitar la ruptura de esa mentalidad que nos dirigía socialmente décadas anteriores.

Así pues, por el momento solo abordaremos estos dos cambios principales en la lógica comunicacional del siglo XXI: El paso del medio de ser canal a ser un sujeto con vida, y la instantaneidad del mensaje. Estas dos cuestiones deberán estar presentes a la hora de pensar o repensar cualquier revolución social y total. Primero, porque la mayoría de las revoluciones han planteado efectivamente un cambio social pero casi ninguna de ellas ha propuesto uno de tipo individual, es decir, subjetivo, en nuestra mentalidad, que exija un esfuerzo de nuestra parte por modificar nuestras relaciones humanas y sentimientos; esa naturaleza ficticia hostil a la ecología  y hambrienta del mercado.  Es necesaria una nueva racionalidad emancipada de cualquier intento de dominación. ¿Cómo construir una sociedad sana con individuos inmorales, egoístas o materialistas? ¿O una sociedad socialista con miembros de mentalidad capitalista?. Por ello, para finalizar esta parte, debemos percatarnos de esto: la revolución comienza desde adentro, pues combatir al sistema con propuestas y una forma de pensar del mismo sistema solo lo perpetúa aún más. De ahí que debemos percatarnos que estamos presenciando una revolución en el paradigma comunicacional, porque aquello que antes era la parte activa del proceso de comunicación, como era el emisor y el receptor en forma complementaria, pasa a ser pasivo, y por el contrario, el mensaje y el canal adquieren preeminencia por sobre aquellos. Paradójicamente la esencia de comunicarnos dejar de ser importante, debido a que importa más el mensaje, lo que el sistema quiere transmitir a sus “hijos” y el medio por el que lo transmite, es decir, la tecnología como algo ya subjetivo en nuestras vidas: mamá, papá, yo y mi celular. Este cambio es de dimensiones inéditas para comprender cualquier proceso social, político y cultural.

Hoy se hace política en los diversos medios de comunicación, tanto desde el gobierno como desde la sociedad, y se hace política muchas veces inconscientemente, -esta es la falla-, con la sola lectura desinteresada pero concurrente y recurrente, con la sola lógica de publicación por mero automatismo. Un espacio público que discute política y un modo efectivo de realizar profundos cambios en las estructuras económicas, sociales, culturales, militares, etc. exige entender que todas esas instituciones que rigen la vida cotidiana y que se implantan en un Estado “omnipotente”, son en verdad la materialización de relaciones de fuerza, de relaciones de poder, de tradiciones culturales de dominación implantadas a través de nuestra larga historia como civilización. Por ello, cualquier cambio social poco servirá si no existe una reforma institucional de tipo fundacional, no solo de gobernantes y estilos de gobierno, pues la sociedad seguirá alimentando a esa élite política que se pasa el poder de mano en mano por tener la llave de la demagogia y el control de la esperanza de quienes viven a diario la injusticia, la cual aquellos dicen tratar de eliminar de acuerdo a la coyuntura de fuerzas en que les toca gobernar. Así, es hora de convertir esa acción política mediática virtual e inconsciente en algo consciente y real, ya que, como expresa un dicho popular, ¿cómo hacer un país o mundo diferente con gente tan indiferente?. Esta indiferencia es consecuencia del proceso de neoliberalismo implantado en nuestra región desde los ’70 y afianzado a extremos en los ’90, que nos quizo decir y hacer creer que la política no era la solución, que la economía se regía excelente por sí sola (y que supuestamente las crisis económicas eran pasajeras), que los problemas eran técnicos y no políticos. Aquí es donde la comunicación adquiere un papel de suma importancia, pues un “Me Gusta” puede ayudar a hacer cambiar proyectos políticos, impulsar o evitar la sanción de leyes anti-populares,  pero no cambia la lógica política misma: que es la de convertir los deseos globales de la gente en propuestas parciales, fragmentadas y desagregadas que solo perpetúan el sistema de dominación de otrora y mantienen el status quo vigente.

Es así, como para concluir, no debiéramos olvidar la necesidad de contar con un marco teórico no solo que nos permita entender los actuales procesos en que estamos subsumidos, sino que nos otorgue una guía apropiada y viable hacia el cambio social tan anhelado por la humanidad en su conjunto y en sus diversas variantes culturales. Solo con una teoría que evidencie esta subjetividad del cambio social e individual, -subjetividad que denomino virtual por el hecho comunicacional antes descrito-, es posible construir el famoso “un mundo mejor” u “Otro Mundo es posible” como el galardonado por el Foro Social Mundial. Aquí es donde propongo PROUT, Teoría de la Utilización Progresiva, como un Macro-modelo de análisis y acción para nuestro tiempo, porque Revolución sin libro es un camino a la incertidumbre, mientras que  Revolución con libro en mano es algo por lo menos un poco más certero. Exhorto por ello al lector a que si lo desea investigue más sobre este modelo económico-social-político y cultural alternativo llamado PROUT, que se inserta dentro de las estrategias de confrontación que en todo el mundo intentan oponerse a la lógica imperialista y al capitalismo salvaje transnacional. Y lo hago con la firme convicción de que su propuesta es una de las pocas que tiene en cuenta la verdadera naturaleza del ser humano y el cambio tanto colectivo como personal. El capitalismo ha de llegar a su fin y un nuevo modelo justo realmente humano y no “asistencialista o humanitario” deberá ocupar ese espacio vacío por llenar.

Esta es nuestra hora. Luchemos por una Patria Universal. Seamos ocupas de nuestras propias vidas.

Gustavo Martin

Estudiante cs. políticas

Instituto Argentino de Investigaciones de Prout

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